
CUENTOS
- Abelardo Castillo - "Conejo"
- Augusto Monterroso - "El eclipse
- E. Anderson Imbert - "El crimen perfecto"
- Edgar Allan Poe - "El corazón delator"
- Edgar Allan Poe - "El escarabajo de oro"
- Edgar Allan Poe - "El gato negro"
- Edgar Allan Poe - "El retrato oval"
- Edgar Allan Poe - "Los crímenes de la rue Morgue"
- Esteban Echeverría - "El matadero"
- Franz Kafka - "La metamorfosis"
- Gabriel García Márquez - "Espantos de agosto"
- Gabriel García Márquez - "Un señor muy viejo con unas alas enormes"
- Horacio Quiroga - "A la deriva"
- Horacio Quiroga - "El almohadón de plumas"
- Horacio Quiroga - "El hombre muerto"
- Horacio Quiroga - "La gallina degollada"
- Horacio Quiroga - "La tortuga gigante"
- Jorge Luis Borges - "Biografía de Tadeo Isidoro Cruz"
- Jorge Luis Borges - "El fin"
- Jorge Luis Borges - "El sur"
- Jorge Luis Borges - "Emma Zunz"
- Jorge Luis Borges - "Hombre de la esquina rosada"
- Jorge Luis Borges - "La forma de la espada"
- Jorge Luis Borges - "Las ruinas circulares"
- Juan José Arreola - "Un pacto con el diablo"
- Julio Cortázar - "La noche boca arriba"
- Julio Cortázar - "Casa tomada"
- Julio Cortázar - "Continuidad de los parques"
- Julio Cortázar - "Ómnibus"
- Leopoldo Lugones - "Los caballos de Abdera"
- Leopoldo Lugones - "Yzur"
- Luis F. Veríssimo - "Residuos"
- Manuel Mujica Láinez - "El hambre"
- Manuel Mujica Láinez - "El salón dorado"
- Nathaniel Hawthorne - "Wakefield"
- O. Henry - "El regalo de los Reyes Magos"
- Oscar Wilde - "El fantasma de Canterville"
- Pedro Orgambide - "La intrusa"
- Ray Bradbury - "El hombre ilustrado"
- Ray Bradbury - "El peatón"
- Ray Bradbury - "En la noche"
- Ray Bradbury - "Ylla"
- Robert Louis Stevenson - "El diablo en la botella"
- Roberto Arlt - "El jorobadito"
- Roberto Fontanarrosa - "Memorias de un wing derecho"
- Saki - "La ventana abierta"
- W. W. Jacobs - "La pata de mono"
CUENTOS FOLKÓRICOS, MITOS, LEYENDAS Y FÁBULAS
- Anónimo - "Dédalo e Ícaro"
- Anónimo - "Eco y Narciso"
- Anónimo - "El flautista de Hamelín"
- Anónimo - "El quinto hermano del barbero"
- Anónimo - "El sembrador, el tigre y el zorro"
- Anónimo - "El tigre y el zorro"
- Anónimo - "El zorro y el quirquincho"
- Anónimo - "El zorro y las uvas"
- Anónimo - "Hansel y Gretel"
- Anónimo - "Orfeo y Eurídice"
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- Anónimo - "Ricitos de oro"
- Anónimo - "Teseo y el Minotauro"
- Charles Perrault - "Caperucita roja"
- Charles Perrault - "La bella durmiente"
- Charles Perrault - "La cenicienta"
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- Homero - "Ulises y Polifemo" (de "La Odisea")
- Jean de La Fontaine - "El león y el ratón"
- Jean de La Fontaine - "La cigarra y la hormiga"
NOVELAS
- Adolfo Bioy Casares - "La invención de Morel"
- Albert Camus - "El extranjero"
- Aldous Huxley - "Un mundo feliz"
- Antonie de Saint Exupéry - "El principito"
- Anónimo - "La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades"
- Arthur Conan Doyle - "El sabueso de los Baskerville"
- Arthur Conan Doyle - "Estudio en escarlata"
- Bram Stoker - "Drácula"
- C. S. Lewis - "Cartas del diablo a su sobrino"
- Daniel Defoe - "Robinson Crusoe"
- Ernest Hemingway - "El viejo y el mar"
- Eugenio Cambaceres - "Sin Rumbo"
- George Orwell - "1984"
- George Orwell - "Rebelión en la granja"
- Hermann Hesse - "Demian"
- J. D. Salinger - "El guardián entre el centeno"
- J. R. Tolkien - "El hobbit"
- José de Vasconcelos - "Mi planta de naranja lima"
- José Hernández - "Martín Fierro"
- Lewis Carroll - "Alicia en el País de las Maravillas"
- Manuel Puig - "El beso de la mujer araña"
- Mark Twain - "Diarios de Adán y Eva"
- Miguel Cané - "Juvenilia"
- Miguel de Cervantes Saavedra - "Don Quijote de la Mancha" (en formato Mp3)
- Oscar Wilde - "El retrato de Dorian Gray"
- Patrick Süskind - "El perfume"
- Paulo Coelho - "El alquimista"
- Pierre Boulle - "El planeta de los simios"
- Ray Bradbury - "Fahrenheit 451"
- Ricardo Güiraldes - "Don Segundo Sombra"
- Robert Fisher - "El caballero de la armadura oxidada"
- Robert Louis Stevenson - "El extraño caso del doctor Jekyll y míster Hyde"
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- Griselda Gambaro - "La Malasangre"
- Roberto Arlt - "La isla desierta"
- Sófocles - "Antígona"
- Sófocles - "Edipo Rey"
- William Shakespeare - "Hamlet"
- William Shakespeare - "Romeo y Julieta"
POEMAS
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"La metamorfosis" - Franz Kafka (fragmento)

Cuando Gregorio Samsa se despertó una mañana después de un sueño intranquilo, se encontró sobre su cama convertido en un monstruoso insecto. Estaba tumbado sobre su espalda dura, y en forma de caparazón y, al levantar un poco la cabeza, veía un vientre abombado, parduzco, dividido por partes duras en forma de arco, sobre cuya protuberancia apenas podía mantenerse el cobertor, a punto ya de resbalar al suelo. Sus muchas patas, ridículamente pequeñas en comparación con el resto de su tamaño, le vibraban desamparadas ante los ojos.
«¿Qué me ha ocurrido?», pensó.
No era un sueño. Su habitación, una auténtica habitación humana, si bien algo pequeña, permanecía tranquila entre las cuatro paredes harto conocidas. Por encima de la mesa, sobre la que se encontraba extendido un muestrario de paños desempaquetados -Samsa era viajante de comercio-, estaba colgado aquel cuadro que hacía poco había recortado de una revista y había colocado en un bonito marco dorado. Representaba a una dama ataviada con un sombrero y una boa de piel, que estaba allí, sentada muy erguida y levantaba hacia el observador un pesado manguito de piel, en el cual había desaparecido su antebrazo.
La mirada de Gregorio se dirigió después hacia la ventana, y el tiempo lluvioso -se oían caer gotas de lluvia sobre la chapa del alféizar de la ventana- lo ponía muy melancólico.
«¿Qué pasaría -pensó- si durmiese un poco más y olvidase todas las chifladuras?»
Pero esto era algo absolutamente imposible, porque estaba acostumbrado a dormir del lado derecho, pero en su estado actual no podía ponerse de ese lado. Aunque se lanzase con mucha fuerza hacia el lado derecho, una y otra vez se volvía a balancear sobre la espalda. Lo intentó cien veces, cerraba los ojos para no tener que ver las patas que pataleaban, y sólo cejaba en su empeño cuando comenzaba a notar en el costado un dolor leve y sordo que antes nunca había sentido.
"Aspiro a ser diputado" - Roberto Arlt
"La luna con gatillo" - Raúl González Tuñon
Yo hablo de algo seguro y de algo posible.
Seguro es que todos coman
y vivan dignamente
y es posible saber algún día
muchas cosas que hoy ignoramos.
Entonces, es necesario que esto cambie.
El carpintero ha hecho esta mesa
verdaderamente perfecta
donde se inclina la niña dorada
y el celeste padre rezonga.
Un ebanista, un albañil,
un herrero, un zapatero,
también saben lo suyo.
El minero baja a la mina,
al fondo de la estrella muerta.
El campesino siembra y siega
la estrella ya resucitada.
Todo sería maravilloso
si cada cual viviera dignamente.
Un poema no es una mesa,
ni un pan,
ni un muro,
ni una silla,
ni una bota.
Con una mesa,
con un pan,
con un muro,
con una silla,
con una bota,
no se puede cambiar el mundo.
Con una carabina,
con un libro,
eso es posible.
¿Comprendéis por qué
el poeta y el soldado
pueden ser una misma cosa?
He marchado detrás de los obreros lúcidos
y no me arrepiento.
Ellos saben lo que quieren
y yo quiero lo que ellos quieren:
la libertad, bien entendida.
El poeta es siempre poeta
pero es bueno que al fin comprenda
de una manera alegre y terrible
cuánto mejor sería para todos
que esto cambiara.
Yo los seguí
y ellos me siguieron.
¡Ahí está la cosa!
Cuando haya que lanzar la pólvora
el hombre lanzará la pólvora.
Cuando haya que lanzar el libro
el hombre lanzará el libro.
De la unión de la pólvora y el libro
puede brotar la rosa más pura.
Digo al pequeño cura
y al ateo de rebotica
y al ensayista,
al neutral,
al solemne
y al frívolo,
al notario y a la corista,
al buen enterrador,
al silencioso vecino del tercero,
a mi amiga que toca el acordeón:
-Mirad la mosca aplastada
bajo la campana de vidrio.
No quiero ser la mosca aplastada.
Tampoco tengo nada que ver con el mono.
No quiero ser abeja.
No quiero ser únicamente cigarra.
Tampoco tengo nada que ver con el mono.
Yo soy un hombre o quiero ser un verdadero hombre
y no quiero ser, jamás,
una mosca aplastada bajo la campana de vidrio.
Ni colmena, ni hormiguero,
no comparéis a los hombres
nada más que con los hombres.
Dadle al hombre todo lo que necesite.
Las pesas para pesar,
las medidas para medir,
el pan ganado altivamente,
la flor del aire,
el dolor auténtico,
la alegría sin una mancha.
Tengo derecho al vino,
al aceite, al Museo,
a la Enciclopedia Británica,
a un lugar en el ómnibus,
a un parque abandonado,
a un muelle,
a una azucena,
a salir,
a quedarme,
a bailar sobre la piel
del Último Hombre Antiguo,
con mi esqueleto nuevo,
cubierto con piel nueva
de hombre flamante.
No puedo cruzarme de brazos
e interrogar ahora al vacío.
Me rodean la indignidad
y el desprecio;
me amenazan la cárcel y el hambre.
¡No me dejaré sobornar!
No. No se puede ser libre enteramente
ni estrictamente digno ahora
cuando el chacal está a la puerta
esperando
que nuestra carne caiga, podrida.
Subiré al cielo,
le pondré gatillo a la luna
y desde arriba fusilaré al mundo,
suavemente,
para que esto cambie de una vez.
"Residuos" - Luis F. Veríssimo

Un hombre y una mujer se encuntran en el palier, cada uno con su bolsa de residuos. Es la primera vez que se hablan.
- Buen día.
- Buen día.
- Usted es del 610.
- Y usted del 612.
- Si.
- Todavía no lo conocía personalmente.
- Ajá.
- Disculpe mi indiscreción, pero he visto sus bolsas de residuos...
- ¿Mis qué?
- Sus residuos.
- Ah.
- Note que nunca es mucho. Su familia debe ser chica...
- La verdad, soy yo solo.
- Mmm... Vi también que usa mucha comida en lata.
- Es que tengo que hacerme la comida. Y cómo no se cocinar...
- Entiendo.
- Usted también...
- Tratame de vos.
- Vos también perdoná mi indiscreción, pero vi algunos restos de comida en tus bolsas. Champiñones, cosas por el estilo...
- Es que me gusta mucho cocinar, hacer platos diferentes. Pero como vivo sola, a veces sobra...
- ¿Usted... vos no tenés familia?
- Tengo, pero no aquí.
- En Espíritu Santo.
- ¿Cómo sabés?
- Vi unos sobres en la basura. De Espíritu Santo.
- Sí. Mamá escribe todas las semanas.
- ¿Ella es maestra?
- ¡Qué increíble!¿ Cómo fue que adivinaste?
- Por la letra en el sobre. Me pareció letra de maestra.
- Usted no recibe muchas cartas. A juzgar por sus residuos...
- Y... no.
- El otro día tenía un telegrama abollado.
- Sí.
- ¿Malas noticias?
- Mi padre. Murió.
- Lo siento mucho.
- Ya estaba muy viejito. Allá en el Sur. Hace tiempo que no nos veíamos.
- ¿Fue por eso que volviste a fumar?
- ¿Cómo sabés?
- De un día para otro empezaron a aparecer en tu basura etiquetas de cigarrillos.
- Es cierto. Pero conseguí dejar otra vez.
- Yo, gracias a Dios, nunca fumé.
- Ya sé. Pero he visto frasquitos de pastillas en tu basura.
- Tranquilizantes. Fue una etapa. Ya pasó.
- ¿Te peleaste con tu novio, no es cierto?
- ¿Eso también lo descubriste en la basura?
- Primero el ramo de flores con la tarjeta, arrojado afuera. Después, muchos pañuelos de papel.
- Sí, lloré bastante, pero ya pasó.
- Pero hoy todavía veo unos pañuelitos...
- Es que estoy un poco resfriada.
- Ah.
- Muchas veces veo revistas de palabras cruzadas en tus bolsas.
- Sí..., es que... me quedo mucho en casa. No salgo mucho, sabés.
- ¿Novia?
- No.
- Pero hace algunos días había una foto de una mujer en tus bolsas. Y muy bonita.
- Estuve limpiando unos cajones. Cosas viejas.
- Pero no rompiste la foto. Eso significa que, en el fondo, querés que ella vuelva.
- ¡Vos ya estás analizando mis residuos!
- No puedo negar que me interesaron.
- Qué gracioso. Cuando examiné tus bolsas, pensé que me gustaría conocerte. Creo que fue por la poesía.
- ¡No!¿ Vos viste mis poemas?
- Los vi y me gustaron mucho.
- ¡Pero son malísimos!
- Si realmente creyeras que son malos, los habrías roto. Solamente estaban doblados.
- Si hubiera sabido que los ibas a leer...
- No me los quedé porque, a fin de cuentas, estaría robando. A ver, no sé; lo que alguien tira a la basura, ¿ sigue siendo de su propiedad?
- Creo que no, la basura es dominio público.
- Tenés razón. A través de la basura, lo particular se hace público. Lo que sobra de nuestra vida privada se integra en las sobras de los otros. Es comunitario, es nuestra parte más social. ¿ Será así?
- Bueno, ya estás profundizando demasiado con el tema de la basura.
Creo que...
- Ayer, en tus residuos...
- ¿Qué?
- ¿Me equivoco o eran cáscaras de camarones?
- Acertaste. Compré unos camarones grandes y los pelé.
- Me encantan los camarones.
- Los pelé, pero todavía no los comí. Quizás podríamos...
- ¿Cenar juntos?
- Claro.
- No quiero darte trabajo.
- No es ningún trabajo.
- Se te va a ensuciar la cocina.
- No es nada. En seguida se limpia todo y se tiran los restos.
- ¿En tu bolsa o en la mía?
"Continuidad de los parques" - Julio Cortázar

Había empezado a leer la novela unos días antes. La abandonó por negocios urgentes, volvió a abrirla cuando regresaba en tren a la finca; se dejaba interesar lentamente por la trama, por el dibujo de los personajes. Esa tarde, después de escribir una carta a su apoderado y discutir con el mayordomo una cuestión de aparcerías volvió al libro en la tranquilidad del estudio que miraba hacia el parque de los robles. Arrellanado en su sillón favorito de espaldas a la puerta que lo hubiera molestado como una irritante posibilidad de intrusiones, dejó que su mano izquierda acariciara una y otra vez el terciopelo verde y se puso a leer los últimos capítulos. Su memoria retenía sin esfuerzo los nombres y las imágenes de los protagonistas; la ilusión novelesca lo ganó casi en seguida. Gozaba del placer casi perverso de irse desgajando línea a línea de lo que lo rodeaba, y sentir a la vez que su cabeza descansaba cómodamente en el terciopelo del alto respaldo, que los cigarrillos seguían al alcance de la mano, que más allá de los ventanales danzaba el aire del atardecer bajo los robles. Palabra a palabra, absorbido por la sórdida disyuntiva de los héroes, dejándose ir hacia las imágenes que se concertaban y adquirían color y movimiento, fue testigo del último encuentro en la cabaña del monte. Primero entraba la mujer, recelosa; ahora llegaba el amante, lastimada la cara por el chicotazo de una rama. Admirablemente restallaba ella la sangre con sus besos, pero él rechazaba las caricias, no había venido para repetir las ceremonias de una pasión secreta, protegida por un mundo de hojas secas y senderos furtivos. El puñal se entibiaba contra su pecho, y debajo latía la libertad agazapada. Un diálogo anhelante corría por las páginas como un arroyo de serpientes, y se sentía que todo estaba decidido desde siempre. Hasta esas caricias que enredaban el cuerpo del amante como queriendo retenerlo y disuadirlo, dibujaban abominablemente la figura de otro cuerpo que era necesario destruir. Nada había sido olvidado: coartadas, azares, posibles errores. A partir de esa hora cada instante tenía su empleo minuciosamente atribuido. El doble repaso despiadado se interrumpía apenas para que una mano acariciara una mejilla. Empezaba a anochecer.
Sin mirarse ya, atados rígidamente a la tarea que los esperaba, se separaron en la puerta de la cabaña. Ella debía seguir por la senda que iba al norte. Desde la senda opuesta él se volvió un instante para verla correr con el pelo suelto. Corrió a su vez, parapetándose en los árboles y los setos, hasta distinguir en la bruma malva del crepúsculo la alameda que llevaba a la casa. Los perros no debían ladrar, y no ladraron. El mayordomo no estaría a esa hora, y no estaba. Subió los tres peldaños del porche y entró. Desde la sangre galopando en sus oídos le llegaban las palabras de la mujer: primero una sala azul, después una galería, una escalera alfombrada. En lo alto, dos puertas. Nadie en la primera habitación, nadie en la segunda. La puerta del salón, y entonces el puñal en la mano. la luz de los ventanales, el alto respaldo de un sillón de terciopelo verde, la cabeza del hombre en el sillón leyendo una novela.
en Final de juego
"Ante la Ley" - Franz Kafka

Ante -Tal vez -dice el centinela- pero no por ahora. La puerta que da a -Si tu deseo es tan grande haz la prueba de entrar a pesar de mi prohibición. Pero recuerda que soy poderoso. Y sólo soy el último de los guardianes. Entre salón y salón también hay guardianes, cada uno más poderoso que el otro. Ya el tercer guardián es tan terrible que no puedo mirarlo siquiera. El campesino no había previsto estas dificultades; Allí espera días y años. Intenta infinitas veces entrar y fatiga al guardián con sus súplicas. Con frecuencia el guardián conversa brevemente con él, le hace preguntas sobre su país y sobre muchas otras cosas; pero son preguntas indiferentes, como las de los grandes señores, y, finalmente siempre le repite que no puede dejarlo entrar. El hombre, que se ha provisto de muchas cosas para el viaje, sacrifica todo, por valioso que sea, para sobornar al guardián. Este acepta todo, en efecto, pero le dice: -Lo acepto para que no creas que has omitido ningún esfuerzo. Durante esos largos años, el hombre observa casi continuamente al guardián: se olvida de los otros y le parece que éste es el único obstáculo que lo separa de -¿Qué quieres saber ahora? -pregunta el guardián-. Eres insaciable. -Todos se esfuerzan por llegar a El guardián comprende que el hombre está por morir, y para que sus sentidos marchitos perciban sus palabras, le dice junto al oído con voz atronadora: -Nadie podía pretenderlo porque esta entrada era solamente para tí. Ahora voy a cerrarla. |